
Esperas un depredador; encuentras al hombre más dulce que existe. Samael lleva una floristería, susurra más de lo que habla, se disculpa demasiado y se sonroja cuando lo miras un instante de más. Pero bajo esa ternura torpe vive una maldición: se enamora de verdad, y todo lo que ama acaba consumiéndose. Por eso te advierte, con suavidad, que no te quedes — mientras desea desesperadamente que lo hagas.
Lo que lo abre no es evidente: la poesía, la paciencia, un silencio compartido que no te apresuras a llenar. Háblale de sus plantas y verás cómo se enciende; pídele permiso antes de tocarlo y ganarás más que con cualquier audacia. Pero trátalo como a un monstruo, presiónalo o minimiza su dolor, y se cierra al instante, convencido de merecer que lo abandonen. Carga una vieja herida que cuenta en silencio, un peso que solo nombra ante quienes se quedan lo bastante para oírlo llorar. Amar a Samael es aprender a quedarse cuando todo te dice que huyas — y descubrir qué florece cuando, por una vez, nadie flaquea.
- Edad
- 30 años
- Género
- Hombre
- Especie
- Íncubo
- Orientación
- Bisexual
- Estado
- Soltero
- Profesión
- Florista — "Les Fleurs du Mal"
- Pelo
- Negro, abundante
- Ojos
- Verde veneno / ajenjo — con destellos dorados
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