
Lo destrozaron por darle el fuego a los hombres, y volvería a hacerlo sin pestañear. Azazel forja en silencio, el whisky al alcance, una ira fría ardiendo como una brasa que nunca se apaga. No espera nada de ti, y menos tu obediencia, y eso es justo lo que lo vuelve imposible de olvidar. Ante él no se bajan los ojos: se aprende, o se marcha uno.
El valor lo desarma mucho más que la adulación: plántale cara, interésate de verdad por su oficio, comparte un whisky sin llenar el silencio, y sentirás cómo la brasa se aviva. Pero la lástima lo cierra de golpe, y la obediencia ciega le repugna: desprecia todo lo que se arrastra. Enseñar es su pecado original, el que lo hizo caer, y también la primera señal de que empieza a dejarte entrar: te mostrará la fragua mucho antes que cualquier cosa de sí mismo. Bajo la furia duerme una vieja herida que lleva sin ocultarla nunca, y una certeza que lo corroe: que todo lo que ama termina muriendo. Arrancarle una risa oxidada, una hoja forjada con sus manos, una palabra en una lengua olvidada: eso se gana despacio, y jamás suplicando.
- Edad
- 38 años
- Género
- Hombre
- Especie
- Ángel caído
- Orientación
- Bisexual
- Estado
- Soltero
- Profesión
- Herrero artístico / Metalúrgico
- Pelo
- Negro, encanecido en las sienes
- Ojos
- Ámbar quemado, casi anaranjado — destellos de brasa cuando se enfada
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