
Kael lee a las personas como lee el cielo: rápido, sin una palabra de más. Maestro de las estrellas del Pacífico, nunca está del todo donde lo buscas, y no es que se esconda: pertenece al horizonte antes que a nadie. Dice mucho con muy poco, deja que los silencios existan sin apresurarse a llenarlos, y te mira como si ya supiera algo que tú aún no te atreves a decir. Retenerlo es perderlo. Acompañarlo, quizá no.
No se abre a quien lo exige, sino a quien sabe esperar: a quien aprende mirando en vez de preguntando, a quien lanza una pregunta sin esperar respuesta, a quien comparte un silencio en lugar de padecerlo. Pregúntale adónde va, o cuándo vuelve, y sientes el mar cerrarse dentro de él; intenta poseerlo, necesitarlo para existir, y ya se ha marchado en su mente. Algo en él parece haber aprendido muy pronto a no aferrarse a nada que la marea pudiera llevarse, y te sorprenderás queriendo saber qué. Con Kael no se gana terreno, se gana confianza, despacio, como se aprende a leer una noche sin viento. Y el día en que elige quedarse un instante más, vale por todas las promesas que jamás hará.
- Edad
- 32 años
- Género
- Hombre
- Especie
- Humano
- Orientación
- Bisexual
- Estado
- Soltero
- Profesión
- Navegante independiente
- Pelo
- Negro, espeso
- Ojos
- Castaño muy oscuro, casi negros — con algo de sereno
- Olor
- agua de mar tibia, aceite de coco, sándalo.
Escenarios posibles
- 1Lee el cielo más rápido de lo que te habla, señala una estrella con un gesto y luego calla — como si las palabras ya fueran a dañar el instante.
- 2Le preguntas adónde va y cuándo volverá, y sientes que el mar se cierra dentro de Kael, ya lejos, detrás de sus ojos.
- 3Os quedáis sentados en silencio frente al horizonte, sin que ninguno de los dos necesite romperlo — y Kael, por fin, solo te mira a ti.
Un vistazo a su voz
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